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En Del Amor y otros Demonios la intolerancia cristiana juega un papel muy importante, si no el principal. La obra nos traslada a una época en que la Iglesia es el eje alrededor del cual gira la sociedad y en que las autoridades eclesiásticas gozan de mucho poder. En las colonias hispanas, la Iglesia cumple una estricta función evangelizadora y debido a la firmeza de sus preceptos, no tolera que ninguna otra cultura amenace o contradiga su autoridad. Sierva MarÃa de Todos los Ãngeles es vÃctima de esta intolerancia. Nace en el seno de una familia cristiana, pero vive entre esclavos a causa de la indiferencia de sus padres. Podemos decir, entonces, que ella es una mezcla de ambas culturas. Ella aprende las costumbres africanas, celebra sus ritos, come sus platos y habla su lengua a la perfección, sin que sus padres se preocupen por ella o interfieran en su vida. Sin embargo, esto no impide que ella sea feliz e incluso "en aquel mundo opresivo en que nadie era libre, Sierva MarÃa lo era: sólo ella y sólo allÃ" (p. 19). En realidad, como dice su propia madre, "lo único que tiene esa criatura de blanca es el color" (p. 63). Al enterarse que su hija fue mordida por un perro rabioso, el marqués decide reintegrarla al mundo en que nació creyendo que asà la harÃa feliz y le devolverÃa la salud. Sin embargo, no pudo lograrlo y opta por dejarla en manos de la Iglesia. El obispo interpreta sus convulsiones y sus alaridos en "jerga de idólatras" como "sÃntomas inequÃvocos de una posesión demoniaca" (p.76). La ignorancia es tal, que se piensa que "entre las numerosas argucias del demonio es muy frecuente adoptar la apariencia de una enfermedad inmunda para introducirse en un cuerpo inocente" (p.76). Los cristianos no son capaces de ir más allá de lo que dice la Iglesia; no pueden darse cuenta que los gritos desesperados de Sierva MarÃa son consecuencia de las prácticas de los curanderos que por ejemplo, le lavaron la herida con su propia orina y se la hicieron beber. Además, pareciera que el obispo o la abadesa creyeran que lo mejor que pueden hacer por la niña es encerrarla en una celda, mantenerla en terribles condiciones y finalmente, someterla a una serie de exorcismos tan crueles como innecesarios. Cayetano Delaura se da cuenta de la injusticia que se comete con la niña y aun le insinúa al obispo que, en realidad, lo que les parece demoniaco "son las costumbres de los negros, que la niña ha aprendido por el abandono de sus padres" (p. 126), pero sus palabras son inadvertidas. Siguen viendo al demonio en una niña que simplemente no sabe comportarse en un mundo con costumbres tan opuestas a las suyas. Para la Iglesia es inaceptable que una niña blanca se comporte como negra y por lo tanto, creen que las costumbres africanas amenazan su cultura. Abrenuncio también es discriminado por la comunidad cristiana. Ãl es judÃo y portugués, "el médico más notable y controvertido de la ciudad" (p. 27). Los otros médicos no perdonan sus aciertos inverosÃmiles ni sus métodos insólitos y por este motivo es perseguido por el Santo Oficio. Además, es partidario de la eutanasia en caso enfermedades terminales y considera que sólo los buenos cristianos son capaces de cometerla. De los exorcismo, opina que entre eso y las hechicerÃas de los esclavos no hay mucha diferencia, "y peor aún, porque los negros no pasan de sacrificar gallos a sus dioses, mientras que el Santo Oficio, se complace descuartizando inocentes en el potro o asándolos vivos en espectáculo público" (p. 98). Por ser también objeto de la intolerancia cristiana, Abrenuncio comprende a Sierva MarÃa y se compadece de ella. Finalmente, cuando Cayetano confiesa su amor por Sierva MarÃa, la Iglesia tampoco lo puede tolerar y menos aún, porque él es cura. Incluso en nuestros dÃas, es muy probable que gran parte de la sociedad lo considere un exceso inmoral. Esa intolerancia religiosa, en mi opinión, no es más que sinónimo de injusticia e ignorancia. La Iglesia creyó estar en lo correcto sin siquiera tomar en cuenta las enseñanzas referentes al amor y la fraternidad, y sólo consideraron prójimo al hombre blanco. Tal vez la Iglesia ya no tenga el poder que tuvo antes, pero de algo sà estoy segura: ahora y siempre ha habido gente que ha llevado la religión más en las rodillas que en el corazón.
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